
A lo largo del proceso de aprendizaje y maduración las personas vamos formando todo un corpus de creencias que son la base en la que sustentamos nuestra personalidad.
Una personalidad marcada por experiencia s vividas en la infancia. La familia, es la primer ventana por la que vemos el mundo. Después viene el aprendizaje intelectual (la escuela) y también el social. Y con él, surgen ideas contrapuestas incluso con aquellas personas que mas queremos, con las que más cerca nos sentimos, que pueden provocar polarizaciones que lleven a la ruptura o a la falta de entendimiento.
La lógica nos dice que para COMPRENDER a los demás, tenemos que desarrollar la empatía, es decir, “ponerse en el lugar del otro”. Imaginemos una situación en la que dos personas se encuentran con puntos de vista diferentes, pero que por encima de ese enfrentamiento, las une un sentimiento de amor o amistad. No hay que perder de vista el objetivo: ENTENDERSE!
Probablemente, el simple hecho de no querer enfrentarnos o vivir una situación en la que no haya vencedores ni vencidos, de forma natural, cada uno cederá en alguna postura tratando de llegar a un acuerdo, a COMPARTIR (partir con) las ideas claras y los objetivos.
Lamentablemente, a veces el ruido que provoca nuestro propio cerebro, nos impide escuchar lo que en verdad nos llega del exterior, creando falsas imágenes o fantasías., poniéndonos en intima relación con nuestra “propia armadura”. Y nada mejor, que la relación abierta con los demás, para conocerse uno mismo!
El aprendizaje que se deriva de una relación donde prima la intención de COMPRENDER y ACOMPAÑAR, lejos de perder, lo que se consigue, es un aprendizaje de alto valor personal.
En definitiva, cuando se hace de corazón, cuando podemos escuchar y permitir que resuene en nosotros lo que los demás nos dicen,, conseguimos una dinámica de relación gratificante, una relación que se envuelve con buena energía, la del amor incondicional, o de la verdadera y plena amistad!